EL HOMBRE DE

Pekín

Equipe de Chou Kou Tien

Dr. Walter Granger examinant le crane du Sinanthropus Pekinensis

Lucile Swan modelant la tete de L´Homme de Pékin

Moinse Taoiste, Pékin,Chine, sd

También conocido con los nombres científicos de Homo erectus pekinensis o Sinanthropus pekinensis ya que los restos fósiles se encontraron en la Colina del Hueso del Dragón, en la aldea de Zhoukoudian ubicada a unos 40 kilómetros hacia el suroeste de Beijing.

Conviene mencionar que el descubrimiento de estos fósiles incluye una anécdota curiosa, pues los dientes eran vendidos por los nativos como si fueran de dragón, los cuales eran muy preciados ya que se les atribuían propiedades afrodisíacas y curativas. Sin embargo, por casualidad, llegaron a las manos de un científico sueco, Andersson, quien los identificó como propios de un mamífero. A partir de dicha observación se procedió con la investigación y la búsqueda de los restos del homínido, en este trabajo fue decisiva la participación de Teilhard de Chardin tanto por su prestigio en el ámbito de la ciencia como por su calidad de religioso.

El Hombre de Pekín se presumió como “el eslabón perdido” (ahora se sabe que es uno de los varios eslabones que constatan los pasos del simio hasta su conversión en hombre); cuya antigüedad se aproxima al medio millón de años, asimismo se le consideró la primera especie faber (hombre que hace o fabrica) por el uso del fuego y de herramientas hechas de hueso, madera y piedra; su capacidad craneana observó un desarrollo del 80% con respecto al hombre actual, de comportamiento agresivo y diestro para cazar presas. Durante la Segunda

Guerra Mundial, ante la invasión japonesa, el gobierno chino intentó proteger los restos del pekinensis, pero, en el trayecto hacia Estados Unidos se extraviaron y se ignora su paradero. Desde 1950 al Hombre de Pekín se le incluyó en la especie Homo erectus. Ésta es su relevancia, ya que confirma la teoría de la evolución, moralmente inaceptable para el ideario católico. No obstante, Teilhard sintetizó la tesis científica con la antítesis religiosa, al proponer que si bien la Tierra ha generado la evolución del ser humano, es la fuerza divina la que irradia de energía a la Tierra y a cada elemento que conforma el planeta.